Opinión | Ayer
Polémica judicial
La falsa denuncia y un menor en el medio: el derrotero judicial de Fabio “Favitus” Fernández
El productor quedó imputado tras una pelea con el comunicador Emiliano Ayerdi y el caso sumó nuevos interrogantes por la presencia de un menor, una denuncia que la Justicia habría considerado falsa y presuntas exigencias millonarias.
Por Fernando López, especial para Nacionalismo Diario
Fabio “Favitus” Fernández habría pasado el resto de la tarde de este miércoles en calidad de imputado, y no por un simple malentendido. La detención llegaría después de que se desatara una verdadera gresca callejera en pleno centro porteño, a la salida de los estudios de NOVA STREAMING, en Riobamba y Sarmiento. El otro protagonista del enfrentamiento sería el comunicador político Emiliano Ayerdi, con quien Favitus se habría trenzado en una pelea que, según se supo, terminaría con una denuncia por amenazas de muerte que la Justicia ya calificaría como falsa. Y así, del bardo a los calabozos.
Pero lo que haría que este caso dejara de ser un simple episodio de violencia callejera para convertirse en algo mucho más turbio sería el personaje en cuestión y el acompañante que eligió para la ocasión. Porque Fabio, que se hace llamar “Favitus” y se presenta como productor o conector de medios, no habría llegado solo al estudio. Habría asistido con un menor de edad. Un pibe. Por eso, en las fotos que empezaron a circular, el rostro del chico aparece correctamente blurreado, como establece la ley de protección integral. Sin embargo, la pregunta que surgiría de inmediato, y que nadie podría responder sin incomodarse, es por qué un adulto lleva a un chico que debería estar en el colegio a un streaming político para terminar involucrado en una pelea callejera a los gritos.
Porque, si uno empieza a hilar fino, el asunto se volvería todavía más espeso. Según las pruebas documentales que obran en mi poder y respaldarían cada palabra que se dice aquí, Favitus no sería un simple productor independiente que busca un espacio para su ahijado. No. El hombre habría venido exigiendo pagos millonarios a cambio de “acomodar” personas en distintos programas de televisión y radio. Una suerte de peaje mafioso, pero con el disfraz de manager, que cobraría fortunas por un favor que ni siquiera podría garantizar.
Y ahí no terminaría la cadena de falsedades. Porque Fernández también se habría dedicado a difundir una versión que, a esta altura, calificaría como falaz y malintencionada. Habría asegurado que este menor, apadrinado por él, estaba siendo sostenido económicamente por personas del entorno de una conocida funcionaria del Congreso. Una afirmación de enorme gravedad, que sonaría a una maniobra destinada a intimidar o a posicionarse, pero que, a la luz de la realidad, no se sostendría por ningún lado. No habría un solo peso ni un documento que acreditara ese vínculo, y las pruebas documentales que tengo en mi poder lo dejarían en evidencia sin margen para dudas.
El punto más delicado de esta historia, sin embargo, sería el papel del chico. Porque, mientras Fabio “Favitus” Fernández se pasea con un menor en horario escolar, lo lleva a un streaming, lo expone a una gresca y lo utiliza para justificar su propia agenda y sus exigencias económicas, el adolescente seguiría sin estar sentado en el banco de una escuela. Y uno se preguntaría con genuina preocupación qué clase de adulto financia a un chico para que hable de política, lo lleva a un estudio de grabación y lo coloca en medio de un escándalo judicial. Si eso no rozaría de lleno lo que el Código Penal entiende por corrupción de menores, al menos habría que tener el coraje de decirlo en voz alta y sin rodeos.
Fabio estaría detenido y la Justicia ya tendría los primeros elementos del caso. Pero el expediente, junto con las pruebas documentales que obran en mi poder, recién empezaría a abrirse. Por el bien del pibe y por simple sentido común, ojalá que los fiscales se tomen el trabajo de leer entre líneas y de hacerse la misma pregunta que cualquiera que vea esta foto se formularía: ¿qué hace un menor de edad, en plena clase, al lado de un tipo que exige dinero a cambio de contactos y miente utilizando el nombre de funcionarias? En una sociedad seria, la respuesta no sería otra cosa que un escándalo mayúsculo. Y acá lo estaríamos viendo.
